“No soy diferente, soy edición especial”: Francisco y su historia de fuerza y cariño familiar
Reportaje: entrevistas a pacientes con MPS

Entre-Vistas
Francisco Muñiz Rangel es un adolescente de 14 años con MPS tipo I, pero eso no lo define. Con el apoyo incansable de su familia, especialmente de su padre, ha aprendido a mirarse con orgullo y a enfrentar con valentía cada visita médica y cada sesión de tratamiento. Vive con alegría, dignidad y esperanza.
Jorge Arturo Castillo
Desde pequeño, Francisco se supo distinto. No por los diagnósticos ni por las citas médicas, sino porque desde niño aprendió a decir con orgullo: “No soy diferente, soy edición especial”. Esa frase, que repite como mantra, encierra la mirada luminosa con la que este joven de Celaya, Guanajuato, enfrenta una condición genética poco común: la mucopolisacaridosis tipo IV (MPS IV, mejor conocida como Morquio).
Su camino comenzó cuando cursaba el tercer año de kínder. Fue entonces cuando sus papás notaron que su desarrollo físico era diferente al de otros niños. Aunque Francisco se sentía bien, algo en su cuerpo los llevó a buscar respuestas. “Decidimos llevarlo con médicos particulares, pero no encontraban nada anormal. Los análisis no arrojaban diferencias evidentes”, recuerda su padre, Luis Miguel Muñiz Mota.
Un diagnóstico certero, una nueva dirección
Después de varias consultas sin respuesta, la familia acudió al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), donde finalmente fue canalizado a la unidad de alta especialidad en León, Guanajuato. Allí, un genetista lo evaluó y no tardó en identificar los signos de una enfermedad rara. Con un estudio de laboratorio, se confirmó el diagnóstico de MPS IV, también conocida, como se dijo antes, como Síndrome de Morquio, cuando Francisco tenía apenas siete años.
Desde entonces, la vida cambió. Aunque pasaron tres años más antes de iniciar el tratamiento —tiempo que se invirtió en evaluaciones médicas por múltiples especialistas—, la familia nunca bajó los brazos. “Fue un periodo largo, pero lo importante es que ahora recibe el tratamiento que necesita y estamos viendo resultados”, asegura su padre.
El tratamiento comenzó cuando Francisco tenía 11 años. Desde entonces, acuden semanalmente a León, a más de dos horas de su hogar, para recibir las dosis. Es un viaje largo y demandante, pero cargado de propósito. “Invertimos ese tiempo con gusto, porque sabemos que cada sesión ayuda a que Francisco tenga una mejor calidad de vida.”

Cambios visibles y avances alentadores
Aunque el crecimiento físico no se ha dado como en otros chicos de su edad, su papá asegura que las mejorías han sido notables. “Antes tenía los ojos muy opacos. Ahora se ven claros, casi normales. También conserva movilidad y puede realizar muchas actividades por sí mismo, algo que no todos los niños con esta condición pueden decir.”
Francisco mantiene un nivel de independencia admirable. Puede subir escaleras, caminar, valerse por sí mismo. Tiene ciertas dificultades, claro, pero eso no le impide mantenerse activo ni perder el entusiasmo. “Afortunadamente todavía puede hacer muchas cosas por sí mismo. Lo vemos bien, lo vemos fuerte.”
A cada sesión lo acompaña su incansable papá. Luis Miguel ha acomodado sus tiempos laborales para estar presente, llevarlo a sus consultas y ayudarlo en todo lo necesario. “Mi esposa no puede cargarlo, así que soy yo quien lo acompaña. Me dan los viernes como descanso y ese día lo dedicamos al tratamiento.”
La fuerza de una familia unida
Francisco no está solo. Es el tercero de cinco hermanos. Tiene una hermana mayor de 21 años, otra de 17, una menor de 10 y la más pequeña de apenas 2 años. La casa es un lugar lleno de movimiento, cariño y cooperación. “Cada uno aporta desde su lugar. Pero la relación que tengo con Francisco es muy especial”, confiesa su padre.
En casa, Francisco es un adolescente alegre. Le gusta platicar, convivir, bromear. A pesar de no asistir actualmente a una escuela tradicional —por temas de infraestructura y adaptación—, se prepara para ingresar próximamente a un programa de educación para adultos. Sus papás evalúan incluso la opción de que tome clases virtuales desde casa.
“Es algo que no habíamos considerado, pero nos pareció muy buena idea cuando nos lo propusieron. Queremos que Francisco siga aprendiendo, que tenga acceso a todo lo que le guste, y que tenga una formación como cualquier otro joven.”
Acompañamiento que hace la diferencia
Desde que comenzó este camino, la familia Muñiz Rangel ha contado con el apoyo de asociaciones civiles comprometidas con los pacientes con enfermedades raras. Grupo Fabry fue la primera en contactarlos y brindarles respaldo. “Nos han apoyado con transporte, seguimiento y acompañamiento emocional. Siempre están pendientes de cómo está Francisco.”
Además, una segunda organización llamada Contigo les brinda apoyo específico para el traslado semanal a sus tratamientos. Gracias a estas redes de solidaridad, han podido mantener la constancia sin afectar la economía familiar ni interrumpir el tratamiento.
“La constancia es clave”, asegura el papá. “Los médicos nos han dicho que mientras Francisco no presente deterioro, el tratamiento continuará. Por eso es tan importante no faltar, seguir con los estudios de seguimiento y confiar en el proceso.”
Una mirada positiva hacia el futuro
A sus 14 años, Francisco está en una etapa crucial de su desarrollo. Su actitud positiva, su sentido del humor y la cercanía con sus padres le han permitido ver la vida con entusiasmo. “Todo bien, todo correcto”, responde con una sonrisa cuando se le pregunta cómo se siente tras recibir su medicamento.
Su papá, orgulloso, lo observa y afirma: “Él siempre dice que no es diferente, que es edición especial. Eso nos inspira a todos.” Esa actitud ha sido el motor de toda la familia. En lugar de enfocarse en las limitaciones, eligen mirar lo que sí se puede, lo que se ha logrado, lo que aún queda por vivir.
Hoy, el enfoque está en mantener su salud, fomentar su desarrollo educativo y continuar alimentando su autoestima. Francisco sabe que cuenta con un equipo a su lado. “Mi papá me cuida, aunque siempre esté en el trabajo, me cuida”, dice con una mezcla de gratitud y picardía.

Orgullo y esperanza en cada paso
La historia de Francisco y su familia no es solo la de una enfermedad rara. Es la historia de una familia que ha elegido mantenerse unida, apoyarse mutuamente y construir cada día con paciencia y amor. “No tenemos un camino fácil, pero sí un camino lleno de sentido”, dice su papá.
Con cada consulta, con cada avance, la familia celebra pequeñas grandes victorias. La frase “edición especial” no es solo un lema: es una declaración de identidad, una forma de vivir con orgullo.
Y aunque los retos siguen presentes, la esperanza también. Francisco continúa su tratamiento, evalúa nuevas formas de aprendizaje y conserva esa chispa que contagia. Es un joven que, como él mismo dice, está hecho a su manera, y eso lo hace único.



